miércoles, noviembre 30, 2016

Está en Chino

Recuerdo que a finales de los ochentas, mi compañera de trabajo y hoy querídisima amiga Narce usaba mucho esta frase de "está en chino", para referirse a algo muy difícil de hacer o de entender; yo creo que ella adoptó esta expresión durante el tiempo que vivió en la capital del país, porque según creo allá la usan con más frecuencia que en estas tierras norteñas.
De esto no estoy seguro, pero de lo que sí estoy seguro es de que la frase no me gustaba nada, por ninguna razón en especial, simplemente me chocaba. Pero con el correr del tiempo, me he dado cuenta que, al menos para mí, aprender chino "está en chino".

Antes de escribir sobre mis vicisitudes con este idioma que, según los expertos, será cada vez más preponderante en Latinoamérica (y yo creo que en el mundo entero), recordaré esos años felices cuando descubrí la emoción y la gran alegría de aprender otra lengua.
Era yo un niño pre-adolescente cuando un amiguito me había comentado que estaba estudiando los sábados en un "instituto" donde enseñaban inglés. Sus palabras despertaron una gran curiosidad y una emoción desconocida en mí; empecé a imaginar que yo también podría aprender inglés, así que esa misma tarde le pedí a mi mamá que me inscribiera en el instituto.
Y como en mi casa vivíamos de manera más modesta, mi mamá de inmediato me dijo que eso no era posible; al ser ella viuda, dependía de una pensión mensual gracias a lo cual teníamos siempre comida y dinero para los gastos más indispensables, pero no sobraba para otras cosas como salidas a comer fuera, juguetes, viajes, cine...
Pero yo estaba muy pequeño para entender esas cosas, así que le insistí una y otra vez, le rogué, le lloré durante varios días... ay, hasta que mi madre preciosas me dijo que sí. No supe nunca cómo le hizo, pero me dio el dinero para que el sábado siguiente me inscribiera yo solito en el instituto. Qué importante me sentí, tomando un camión hacia el centro y llegar a inscribirme a una antigua casona de tres pisos sobre la calle Matamoros casi esquina con Guerrero, que habían convertido en el flamante Instituto Cambridge. Ni la casa ni la escuela existen ahora...
No puedo describir la emoción tan grande que significó aprender  mis primeras palabras en inglés. A todo mundo quería preguntarle "What time is it?" o "What time is the next bus?".
A pesar de que no duré mucho en el instituto, mi recién descubierto amor por el inglés (y otros idiomas) siguió creciendo, de tal modo que más adelante estudié la carrera de Licenciado en Traducción de Idioma Inglés; he trabajado como traductor desde hace muchos años, gran parte de ellos como "segundo empleo" o en mis ratos libres, y actualmente de tiempo completo. Saber hablar inglés me ha permitido obtener mejores oportunidades de trabajo y me ha dado muchas satisfacciones al viajar, al leer libros, al realizar búsquedas en Internet y sobre todo al conocer a valiosas amistades que perduran a pesar de la distancia.
Tengo tantas cosas que agradecerle a mi madre, pero en especial nunca olvidaré su esfuerzo por pagarme las clases de inglés porque sembró la semilla del árbol frondoso que me hasta ahora da sustento, sombra y abrigo.

El currículo de mi carrera exigía que cursáramos cuando menos dos semestres de un idioma adicional, así que de entre las diferentes lenguas que ofrecía la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL yo opté por aprender italiano. Me gustó mucho el curso, impartido por el joven maestro Filippo, quien además de la lengua nos enseñaba mucho sobre la cultura italiana. No me olvido que nos platicó que en Italia a los bebés en su biberón les ponían vino tinto rebajado con agua.
Aprender italiano me resultó facilísimo y muy divertido, y desde entonces disfruto mucho cantar las canciones italianas en su idioma original aunque exista la versión en castellano: Il cuore è uno zingaro, Non ho l´etá, Il ragazzo della Via Gluck, Felicità, y tantas y tantas otras, las de Raffaella Carrá, las de Laura Pausini, las del Festivale di San Remo...

Más adelante estudié francés en la Alianza Francesa, que se encontraba también en una hermosa casona antigua de la colonia María Luisa. Si bien no fue tan fácil como el italiano, también logré aprenderlo bien y, gracias a que además de mis clases regulares estudiaba un método autodidacta de Berlitz (¡con cassettes!), cuando tuve la dicha de viajar a Francia en 1997 fui tan feliz al comunicarme muy bien en este idioma y no perdí ninguna oportunidad de practicarlo en todo momento, hasta hice amistad con una señora de París y con un buen amigo de Marruecos, con quienes mantuve correspondencia varios años.
Gracias a haber aprendido francés es que disfruto cantar y entender las canciones de Mireille Mathieu, Francis Cabrel, Dalida,  Jacques Brel, Celine Dion...

Me gustó tanto el curso de francés de Berlitz (que en ese tiempo ofrecía Selecciones de Reader's Digest), que más adelante compré el de alemán y empecé a intentar estudiarlo, pero me pareció muy difícil y, principalmente, no me gustaba el idioma, así que no le dediqué más tiempo.

Y desde hace un poco más de cuatro años, inicié mi romance con el idioma chino, primero en una escuela particular y después más formalmente en la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ya llevaba unos tres semestres y había logrado un avance importante, inclusive presenté el examen HSK 1 y logré una calificación de 100. Ya reconocía muchos caracteres y poder escribirlos me maravillaba sobremanera.
Por diversas cuestiones, entre ellas el factor económico, el tiempo, la distancia de la escuela, suspendí mis estudios durante casi dos años, pero hace unos meses decidí reiniciar. El primer día fue muy traumático para mí, pues me di cuenta que se me había olvidado casi todo. ¡No lo podía creer! El joven maestro taiwanés me hacía preguntas y yo no entendía una sola palabra. ¿Escribir? Imposible. Me acordé milagrosamente de una frase que acababa de aprender:

听不懂

es decir, "escucho, pero no entiendo", y se la dije; aunque sentía una frustración horrible, el maestro fue comprensivo y paciente y una vez más gracias al inglés se restableció la comunicación.
Lástima que él tuvo que salir de viaje, y desde la siguiente clase tomó su lugar una joven originaria de Chongqing que es muy simpática y tiene un excelente sentido del humor, pero desafortunadamente no tiene formación didáctica y no habla ni inglés ni español, además de que habla muy velozmente y no hace ningún esfuerzo por hablar más despacio para que yo la entienda.
Al principio éramos unos seis alumnos al principio, pero ahora sólo quedamos tres; los otros dos compañeros son un joven y una chica que han viajado y permanecido unos meses en China, de modo que van más avanzados y pueden entender un poco mejor que yo. Como me he esforzado mucho estas últimas semanas y cada día dedico un tiempo a mis tareas de chino, ya puedo leer y escribir nuevamente y he comprobado lo que siempre digo a quienes estudian inglés y luego lo "olvidan": que el conocimiento permanece en nuestro cerebro, y solo hay que practicarlo un poco para que regrese y podamos utilizarlo.
Lo que me sigue faltando es entender y hablar... hablé con el director de la escuela para que le dijera a la maestra que enfatice más estas habilidades y no dedique toda la clase a ponernos a escribir, pero no ha dado resultado al cien por ciento. Pagar un maestro particular no está a mi alcance de momento, de modo que veo películas y programas de la TV china siempre que puedo, escucho canciones, pongo CDs de ejercicios de pronunciación de palabras y diálogos, hago todo lo que puedo.
Definitivamente, este proyecto que me he puesto me está costando mucho. Lo más fácil sería claudicar, pero no pienso hacerlo, pues sueño con poder mantener una conversación fluidamente en chino. Algún día lo lograré.