martes, enero 24, 2017

Por Unas Botellas de Mezcal

A finales del año pasado leí en Facebook una publicación que exaltaba los beneficios del mezcal, indicando que era "el alcohol más perfecto para consumo humano"; también hablaba de sus propiedades antioxidantes, decía que reduce los niveles de colesterol, que no produce cruda y que al entrar en la boca empieza a desdoblarse, liberando al hígado de esta tarea. Me pareció sumamente interesante y de inmediato deseé probarlo.
Al leer ese texto recordé que hace muchos años llegó a mis manos una botella de mezcal con gusano; apenas le di un trago, pero no pude disfrutarlo porque la presencia del gusano me hacía sentir repugnancia; fue un compañero de trabajo quien se acabó la botella en varias visitas a mi casa.
En años recientes me he dado cuenta de que esta bebida, antes despreciada, ha tomado un nuevo auge, y me ha tocado ver en el departamento de vinos de Superama mezcales de varias marcas a precios elevadísimos, envasados en hermosas botellas e incluso uno de ellos con número de lote indicando una producción muy limitada.
Así que me puse a investigar todo lo relativo al mezcal: estados donde se produce (y que tienen denominación de origen), tipo de agave, proceso de cata, historia, etc.; es una tarea fascinante que aún no termino, y como parte de la misma decidí comprar mi primera botella de mezcal.
Para empezar mi aprendizaje práctico elegí la marca 400 Conejos, pues confieso que me gustó mucho el nombre y la leyenda de que antiguamente solo los sacerdotes podían establecer una vía de comunicación con los dioses, y lo lograban consumiendo bebidas a base de agave; después de probarlo, me gustó mucho su exquisito y fino sabor de agave espadín. Era la época decembrina, y me di gusto probándolo y también compartiéndolo con un par de queridas amistades.
Posteriormente compré una botella de Mezcal Zygnum, también joven y también elaborado en Oaxaca, para mi gusto que apenas estoy puliendo, bueno, pero no tanto como 400 Conejos.

Entre las cosas que he aprendido del mezcal puedo mencionar que, a diferencia del tequila, el mezcal se produce en ocho estados que ostentan denominación de origen: Oaxaca, Guerrero, Durango, Zacatecas, Guanajuato, Michoacán, San Luis Potosí y Tamaulipas.
Ciertamente el estado que más produce mezcal es Oaxaca, pero esto no quiere decir, como mucha gente cree, que es el mejor y el más puro; así que me dieron ganas de seguir probando mezcales de otras regiones, producidos con otros tipos de agave: el angustifolia, el delgado de Guerrero, el cenizo y el jarcia de Tamaulipas, el maguey verde de San Luis Potosí, el maguey chino de Michoacán... en fin, hay muchas variedades.
Me interesa probar el Mezcal San Carlos El Jatero, que se produce en el vecino estado de Tamaulipas, y también el Sanzekam Tinemi (seguimos juntos en náhuatl), pues me parece interesante que lo produce una cooperativa que da trabajo a comunidades indígenas y tiene programas de reforestación.
Gracias a mis investigaciones me enteré que en San Luis Potosí existe una hacienda mezcalera de nombre Laguna Seca, en el municipio de Charcas...
Charcas, nunca había estado ahí, pero tiene para mí un significado especial, pues mi mamá me contaba que cuando era muy niña vivió ahí con una de sus tías, pues quedó huérfana a una tierna edad. Se le alegraban los ojos cuando me hablaba de la iglesia del lugar, en las afueras de la cual ayudaba a su tía a vender fruta.
Desde hace algunos años he tenido el deseo de llevarla de regreso a Charcas, pero por diversas razones no ha sido posible; ella casi cumple 90 años y un viaje de este tipo tendría que planearse con mucho cuidado y requeriría la ayuda de mis hermanas. Ojalá sea posible la próxima primavera...

Y con esos recuerdos en mente decidí lanzarme a conocer la Hacienda Mezcalera Laguna Seca. Poco después de llegar a Matehuala, hay una salida a la derecha que indica Charcas, entré por ese camino y a unos 25 kilómetros encontré la hacienda, una bonita construcción que se quedó perdida en el tiempo.
Además de una generosa degustación, los amables empleados (imperdonablemente omití tomar sus nombres) nos dieron a los visitantes de ese día, que no fueron pocos, información muy valiosa acerca del producto, su historia, el proceso de cata y otros detalles, por ejemplo que el Mezcal Laguna Seca ha recibido diferentes premios y reconocimientos a lo largo de su historia, y que el más antiguo de ellos data de 1929.
A diferencia de otras haciendas mezcaleras, los visitantes pueden pasar al interior y conocer el proceso de elaboración del mezcal; me hubiera gustado tener un guía pero ese día no fue posible. De todas maneras di un recorrido y, gracias a la explicación que había recibido antes, me di una muy buena idea del proceso. Salí del lugar con unas buenas botellas y un grato sabor de boca.

Con el corazón emocionado y llorando a lágrima viva, pero por la tolvanera que se desató en ese momento (fue un día de impresionantes vientos en una amplia región del país), subí nuevamente al auto y recorrí otros 20 o 25 kilómetros para llegar a Charcas. Ahí finalmente pude ver la iglesia de la que varias veces me había platicado mi mamá; cerré los ojos, imaginando cómo había sido todo hace más de ocho décadas atrás. Recorrí sus calles, comí unas sabrosas gorditas afuera del mercado y un rato después me despedí de Charcas. No sé si volveré, pero la cita que tenía ya la cumplí.